miércoles, 22 de octubre de 2014

Ponte a hacer los deberes, descerebrao

Hoy voy a hablar de la educación. Sí, hace mucho tiempo que no subo nada; sí, todavía tengo que analizar los resultados de una encuesta que hice; impacientes, tiempo al tiempo. Aunque igual aprovecho para hacer otra encuesta y a partir de ahí ya mezclo como sea. No sé.
Nelson Mandela, señor de cuya vida conozco lo mismo que vosotros, dijo una vez que "la educación es el arma mas poderosa para cambiar el mundo". Y, a mi modo de ver, tenía razón. La educación es, a fin de cuentas, el principio de todo. Un brote que, dependiendo de cómo lo trates, se desarrollará mejor o peor a lo largo de su vida. Es la base de la vida. Es la base de la sociedad.
Como solo podemos hablar de lo que conocemos, hoy vamos a establecer comparaciones. Vamos a tener todos en mente nuestros años de infantil, primaria, secundaria, bachiller y, los que los tengan, de universidad, FP o cosa rara (como yo, porque Diseño Gráfico no es ni una cosa ni otra, ya os contaré). Como ya he dicho, aunque las comparaciones son odiosas, también pueden ser muy útiles. Pero mucho.

Hace apenas un par de días, se reunió en Estocolmo (Suecia) un grupo internacional de educadores, pedagogos y demás gente del gremio. Entre todos, acordaron un plan de educación “nórdico” global que serviría para actualizar el ya de por sí avanzadísimo sistema educativo de estos países nórdicos (Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca). Para que podáis tener un ejemplo palpable de las iniciativas que promueve esta reforma, os voy a plasmar aquí el decálogo base (traducido al español) a partir del cual se ramifica la totalidad de este sistema educativo. Atreveos a comparar conforme lo leéis. No tiene desperdicio:





Qué maravilla, ¿verdad? Qué modernidad. Qué sobredosis de adelanto y progreso. Qué gran montón de sentido común.
Mientras, aquí estamos nosotros, enfrascados en una absurda rutina precocinada, reduciendo las capacidades de los alumnos a fríos y desalmados números, amparando y fomentando el fracaso escolar y el consecuente fracaso vital de aquellos que se someten al presente sistema de educación nacional (si no me equivoco, ya estaríamos hablando de la LOMCE, aunque lo mismo se puede decir tanto de la LOGSE como de la LOE).
Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. Independientemente de a quién se le vaya a entender mejor, ambos te dirán lo mismo: “¿Para qué voy a estudiar yo las integrales y los polinomios si quiero ser filólogo? Esto no me sirve para nada”. ¿Nunca se ha buscado solución a esto? No. Porque las escuelas son el heraldo de un sistema educativo que nació hace dos siglos en la antigua Prusia, sistema cuya pretensión era disponer de “fábricas” de mano de obra barata y soldados, fin que con la llegada de la revolución industrial evolucionó a una cadena de montaje de trabajadores y, a día de hoy, un dispensador de consumidores. Por otra parte, daos cuenta de que vivimos en el sistema de las respuestas, donde la enseñanza está centrada en lo que tienen que aprender y vomitar sobre sus respectivos exámenes los alumnos y no de las propias inquietudes de los individuos. ¿Recordáis primaria? Ahí todo quisqui preguntaba de todo. Recuerdo un tocayo de mi clase que llegó a preguntar, sin venir a cuento, si la caca se quemaba. Así, tal cual: “¿la caca se quema?”. Una de risas, oye… pero mira, eso fue una inquietud que nació del niño, y la profesora se dignó a resolver su duda. Eso está bien. No obstante, yo comparto una anécdota con esta misma profesora que no es tan… halagüeña, por así decirlo. 
En clase de Valenciano, tuvimos que salir cuatro o cinco personas a reproducir un diálogo, adoptando cada uno el rol de un personaje diferente. A mí, haciendo gala de mi buena fortuna, me tocó hacer del monstruo feo, y yo, ni corto ni perezoso, me metí en el papel. Cuando me tocó hablar, puse una voz gutural que habría levantado a los muertos y los habría vuelto a tumbar en el acto. No obstante, a la profesora no le hizo gracia la idea de fomentar el desarrollo de mi creatividad, de modo que inmediatamente me pidió (de malas maneras, huelga añadir) que dejara de hacerlo.
Me parece que esto ya lo había contado, pero bueno. Debo dar una nota positiva al respecto, y es que otro profesor, años después, nos mostró su indignación ante cómo funcionaban las cosas en primaria. “Tú a un niño no le puedes decir que se esté quieto”, dijo. Qué razón tenía. No hace falta más que ver a los niños en su hábitat natural, hiperactivos totales, interactuando con todo, aprendiendo de todo, moviéndose por todas partes, sin descanso. Pero vaya, en realidad eso es un indicador de que esos niños no están bien de la cabeza; según la psiquiatría moderna, esta hiperactividad es un síntoma de THDA/TDAH (síndrome de hiperactividad y déficit de atención). Así es, la inquietud de un niño, a día de hoy, es síntoma de patología mental. De hecho, así se clasifica a la clásica rabieta en EEUU. De locos. Nunca mejor dicho. 
Curiosamente, el hombre que introdujo y dio nombre al TDAH confesó en su lecho de muerte que se lo había inventado todo, pero bueno. A eso no interesa hacer caso.
¿Acaso esta disciplina forzada de “siéntate bien”, “no hables así”, “dibuja lo que yo te he dicho”, “no comas chicle”, “no lleves gorra en clase” es lo mejor para su desarrollo? No sé cuántas veces habré oído decir que hay que ser “un hombre/una mujer de provecho”. No feliz, “de provecho”. “Busca una carrera que tenga salida”, pintando cosas no te vas a ganar la vida. Muchos lo han dicho alguna vez en su vida sin pensarlo, ¿por qué? Porque eso ya está más que plantado en el inconsciente colectivo, germinando a marchas forzadas, entrelazando brotes cada vez más fibrosos.

-¿Tú qué estás estudiando?
-Diseño gráfico
-Ah, sí. Eso tiene mucha salida, ¿no?

Lo que iba diciendo. El sistema educativo se basa en unas premisas muy sencillas: anular nuestra creatividad, limitar al mínimo la capacidad de emprendimiento, neutralizar nuestro pensamiento crítico y hacernos a la costumbre de tener que acatar órdenes de una figura autoritaria.
Muchos padres, especialmente los de las generaciones más recientes, consideran que la educación es jurisdicción única de la escuela. Que los niños tienen que ir acostumbrándose a que les encarguen tareas, a que se les mande y ordene. Craso error. La educación, como bien se explica en este decálogo, es complementaria; escuela y familia deben cooperar en este sentido, los padres no pueden desentenderse de este proceso, ya que, indudablemente, son los principales referentes del niño.
Hablaba antes de los preguntones de primaria. Ahora pensad en los chavales de la ESO. Ya no son tan preguntones, ¿verdad? Porque ya están hartos. Y es normal, están “explotando”, pero en un vago intento por controlar esta explosión, el sistema educativo dirige esta deflagración hacia donde le interesa. De esta forma, el alumno se frustra, ve que no está haciendo lo que le gusta, lo que le motiva… y se bloquea. Está cansado de la rutina, de memorizar y vomitar, memorizar y vomitar, memorizar y vomitar… Cuando la supernova de la adolescencia se ha controlado, el efecto “expansivo” de esta explosión se ha visto diezmado, fatalmente limitado; las inquietudes, el pensamiento crítico… han sido completamente neutralizados, los chavales no conocen otra cosa, no han vivido nada y sin embargo la rutina ya ha logrado que nada les motive y estén cansados de vivir. Imaginaos entonces cuán cansados deben estar de las clases.
Y claro, ojo con toparte con una asignatura que no se te dé bien. Los suspensos van a ser la losa definitiva que sentenciará la vida académica de un alumno con una determinación cruelmente mermada. A partir de ahí, y hasta la jubilación, su única meta será sobrevivir, porque en su cabeza no cabe otra posibilidad. De este modo, solo existe una salida para obtener la felicidad: consumir. Tener los suficientes recursos que nos permitan consumir más que el vecino, porque el sistema educativo también fomenta la rivalidad antes que la unidad (basta con echar un vistazo a la sociedad extremadamente individualista en la que vivimos). ¿Recordáis el Plan Bolonia? Pues no es más que una manera de extender este método de educación a las universidades, en pos, supongo, de crear piezas no pensantes que se limiten a ejercer su rol en el espejismo de estado de bienestar.
Para plasmar esta visión no hay más que repasar el día a día de un instituto. El profesor va allí para ganarse el sueldo dando órdenes, mientras el alumno va allí forzado a acatarlas. ¿En serio es lógico que tengamos que obligar a los jóvenes a tragar conocimientos? ¿No sería mejor y más productivo fomentar y apoyar su voluntad de aprender? No, por supuesto que no, no vaya a ser que se les ocurra ponerse a aprender cosas cuando ya hayan dejado de ser educados por la institución que corresponda. No vayan a pensar que pueden estudiar economía, filosofía, física… en su casa si les apetece. No vayan a percatarse de que Internet es un libro de texto infinito obtenible con una inversión ridícula en comparación con el servicio que ofrece, no vaya a ser que le saquen rentabilidad.
No les digamos que nada es del todo cierto, no vaya a ser que se les ocurra cuestionarlo.

Ah, por cierto, os he engañado un poquito. El decálogo del que os he hablado tiene 125 años y se postuló en España.