jueves, 10 de abril de 2014

Reseña de Blade Runner

Lo mismo que la otra vez. Esto es un trabajo de clase que he subido aquí porque sí, porque puedo. ¿Que cuándo actualizaré con algo "extraoficial"? Puede que más pronto de lo que imagináis, aunque tal vez nunca lo haga. No sé. No me agobiéis. Que me agobio.
Una pequeña aclaración: Después de leer esto, mi profesor de Cultura del Diseño ha manifestado su temor a que algún día me dejara ver por clase con una recortada. Por ello, quiero indicar desde el principio que en ningún momento discuto las bases de la moral, sino que cojo un cuentahilos y la analizo de manera exhaustiva. Que no os voy a matar ni nada de eso, vamos. Que sois todos muy majos. Bueno, igual a alguno...
Pues eso es todo, espero que os guste la sarta de tonterías que os presento a continuación. Y que lleguéis al final, que hay foto de regalo. Sí, ya sé que pongo una justo a continuación, pero hay otra.




Con Blade Runner, Ridley Scott ofrece, desde su punto de vista, una profunda meditación plasmada en una serie de cuestiones acerca del desarrollo y posterior efecto sobre la moral humana de la vida artificial.
Acompañada de la obra musical inconfundible del gran Vangelis, la cinta nos sumerge en una interesante reinterpretación cyberpunk del clásico cine negro norteamericano.
Nos encontramos ante uno de los principales paradigmas de este género: un protagonista oscuro, teñido de un cierto cariz amargo y a su vez antiguo agente de la ley que cuestiona las bases morales sobre las cuales se cimenta su labor. A pesar de que al principio de la cinta es sencillo entablar cierta conexión con este protagonista, con el transcurrir de los minutos se hace cada vez más difícil empatizar con él. A fin de cuentas, se presenta a los replicantes como seres muy similares a los humanos, y aunque dicho protagonista cuestiona su trabajo, parece valerse de un alarde de sangre fría a la hora de aniquilar a estos replicantes, máxime si tenemos en cuenta que él mismo se siente atraído por una mujer replicante. 
Es complicado esclarecer si hay villanos en esta película. A priori, se puede pensar que Roy Batty y Pris (los replicantes más peligrosos) son malvados por naturaleza. No obstante, ¿es justo calificarlos de seres malvados? A fin de cuentas, son seres que buscan respuestas, como cualquier humano. De esta manera, considerando que su vida en ese momento ha sido demasiado corta, resultaría casi ingenuo pensar que estos replicantes han conseguido adaptarse a las normas de la moral. ¿Cómo pueden ser malvados si no pueden discernir lo correcto de lo incorrecto? Esta incapacidad de entender las normas morales (aunque en este caso se deba a la falta de tiempo y la consecuente no creación de las tautologías que dan forma, de manera casi dogmática, a la moral humana) emparenta esta situación con una serie de patologías relacionadas con la psicología moderna: la sociopatía y la psicopatía; o lo que es lo mismo, la no comprensión y la consecuente incapacidad de actuar conforme a lo que dicta la moral colectiva. Esto mismo nos podría llevar a pensar si un psicópata es realmente un ser malvado. Algunos de ellos llegan a cometer crímenes atroces, eso sí (como Batty en varias ocasiones), ¿pero acaso existe maldad en estos actos cuando el ser que los lleva a cabo no es consciente de que estos actos son viles y negativos? ¿Pasa a ser directamente un acto propio de un villano por el hecho de vulnerar el derecho a la vida de otro individuo? En este caso, nos toparíamos con el concepto que representan los derechos humanos, los cuales, al fin y al cabo, son una serie de normas morales confeccionadas con el fin de satisfacer los deseos y proteger las vulnerabilidades comunes de los seres humanos; una serie de normas abstractas impuestas con el fin de colocar una barrera que separe aquello que daña el bienestar del humano promedio de lo que es tolerable o positivo. De este modo, podemos percatarnos de que Batty, desesperado por encontrar respuestas y completamente fuera de sí ante la gran cantidad de conocimiento que posee “de serie” pero que, sin embargo, es incapaz de comprender, hace todo lo que está en su mano con el fin de obtener respuestas, incluído dejarse llevar por lo que los seres humanos consideramos el “instinto primario”. 
Es así como podemos llegar a la conclusión de que los propios humanos llevamos con nosotros una gran cantidad de información y que, al igual que estos autómatas, nos movemos con el fin de desentrañar todos y cada uno de estos datos encriptados. La frustración causada por la incapacidad de dar respuesta a las preguntas que nos plantea nuestra naturaleza da pie a los impulsos, así como al afán de seguir buscando estas respuestas. Esta hipótesis gana enteros cuando consideramos el hecho de que el ADN humano esconde una cantidad de datos (y la consecuente capacidad de almacenamiento) prácticamente inconcebible para la mente humana. De hecho, recientes descubrimientos demostraron que el genoma humano es increíblemente estable como soporte de almacenamiento de datos, por lo que sería capaz de almacenar el conocimiento humano durante milenios. ¿A qué da pie esta afirmación? Muy sencillo: a estrechar aún más la línea que separa al ser humano del autómata o de la máquina. 
A día de hoy, el ser humano está más que acostumbrado a lidiar con soportes de almacenamiento que hacen las veces de apéndice externo con el fin de almacenar información, de modo que el paralelismo entre objetos cotidianos como un “lápiz” USB y una molécula de ADN puede resultar bastante chocante. No obstante, la función es exactamente la misma: el procesamiento, el almacenamiento y la conservación de datos necesarios para llevar a cabo acciones determinadas. Sin ánimo de entrar demasiado en un campo en el cual se requieren conocimientos muy específicos para afirmar datos con certeza, como es el caso de la biología, es de lógica pensar que el proceso de almacenamiento se debe gracias a determinadas reacciones químicas, valiéndose a su vez de la actividad del sistema nervioso, el cual funciona gracias a impulsos eléctricos. Impulsos eléctricos, reacciones químicas... ¿estamos hablando de robots o de seres humanos? La línea que los separa, desde luego, es cada vez más y más difusa.
Si tenemos en cuenta el hecho de que hoy en día los dispositivos de almacenamiento se hallan en el que podríamos denominar “estadio del TeraByte”, podemos comparar la capacidad de almacenamiento de estos dispositivos con la capacidad de almacenamiento de una molécula de ADN para establecer comparaciones de una manera muy gráfica. ¿Cuánto tarda un PC estándar en transferir un archivo de 1GB a un dispositivo de almacenamiento y viceversa? Hoy en día, en la mayoría de los casos, esta situación todavía se concibe como una operación que requiere un par de minutos o incluso cinco para llevarse a cabo de manera satisfactoria. No digamos ya un TB (1024 GB aproximadamente, o lo que es lo mismo, cinco o seis veces la capacidad de almacenamiento de un PC de sobremesa de principios/mediados de la década del 2000). Conciendo estos datos, al comparar con lo que puede realizar una molécula de ADN, resulta difícilmente concebible la abismal diferencia que existe entre ambos casos. Un solo gramo de ADN es capaz de almacenar el equivalente a tres millones de CDs. Por si fuera poco, estos datos se transfieren en un lapso de tiempo que no ocupa más de unos pocos segundos.
De este modo, es difícil evitar preguntarse: ¿qué diferencia existe entre un ser humano y una máquina? ¿Qué es la conciencia y la moral sino una serie de normas impuestas en pos de garantizar la integridad física y moral de los individuos que hacen gala de ellas? ¿Es el tejido que forma los órganos de los seres humanos y el resto de animales una suerte de interfaz tecnológica tan avanzada que no somos capaces de concebirla como tal? ¿Qué diferencia hay, pues, entre los humanos y los replicantes? En base a la dirección en la que avanzan las investigaciones y las predicciones que se pueden establecer en base a ello, no es descabellado afirmar que es muy probable que estas diferencias rayen en lo calificable como inapreciable o, simplemente, nulo.
De esta manera, los replicantes son una versión exagerada de un ser humano. Son poseedores de elevadísimas capacidades, pero su inexperiencia y la falta de “conexiones neuronales” y patrones morales hace que sean concebidos como poco más que títeres huecos fuera de control que deben ser neutralizados en pos de garantizar la seguridad de la población. Si tuviera que añadir un “pero” al planteamiento de la trama, sin duda sería la constante infravaloración de las capacidades del ser humano; capaz de crear seres superiores a su propia especie y, aún así, incapaz de controlarlos, mas incapaz de mejorarse a sí mismo. De este modo, sale a relucir de manera inevitable la teoría del creador. Si el ser humano puede crear esta suerte de vida artificial en base a una serie de conocimientos desarrollados a lo largo de decenas de milenios, ¿qué hace pensar que el ser humano no es también un producto artificial? Es más, ¿qué es real? ¿Qué es artificial? ¿En base a qué algo deja de o pasa a ser real? La respuesta a estas preguntas se tizna de antropocentrismo cuando consideramos real todo lo que está hecho a imagen y semejanza del propio ser humano, es decir, aquello que tiene masa, es materia, se puede ver, tocar e incluso sentir. Si despejamos este materialismo, ¿qué queda? Todo lo demás, y no por ello deja de ser real. No en vano después de esta disertación, lo difícil no es pensar que podamos ser, de algún modo, casi idénticos a las máquinas, sino tratar de hacernos a la idea de que, quién sabe, tal vez también compartimos la particularidad de haber sido fabricados con un pretexto que tratamos de comprender durante toda una vida.

¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? 

En realidad, eso es algo que ya sabemos.